26 septiembre, 2006

Capote

Vi Capote y me acordé de lo que escribió Julio el 25 de Octubre de 2005:


Veo, al fin, Capote. Cómo escribir sobre la película sin hacer equilibrismos ni caer en la mera reseña. Ardua cuestión. Diré que a mí, lector voraz del autor del su obra, la película me convence, emociona y sacia, y supongo que también a quienes sólo vayan al cine buscando buen cine, sin más. El peligro de Truman Capote radica en su belleza. Ejerce suficiente fascinación como para engendrar un biopic plomizo, léase el último sobre Ray Charles, que obviaba las sombras del genio -un cazachochos reconocido, perspicaz y gélido hombre de negocios- no fuera a escapárseles el Óscar. Capote, por contra, no omite la fascinación que uno de los asesinos de Kansas ejerció sobre el escritor. Insinúa la atracción homosexual y la pespunta con agujas al rojo, a unos centímetro de la fosa. Admite que Truman, gran embaucador, jugaba con los hombres. Relata sus trucos. Pasa a limpio la inmoralidad de algunos de los trances que engendraron A Sangre fría. Bien hecho. La clave del autor de la Ciudad Bajo las Aguas se llama ambigüedad: moral y estética, incluso ética. La película cuenta como la faction fue abolida. Ahonda en las fórmulas usadas por el príncipe de la frase tóxica. Moralismos aparte, su actitud fue la única posible, al menos si tu intención pasa por supeditar la vida al arte. Los ejemplos abundan. Vélazquez era un trepa; pintó en los mismos salones donde los infantes retozaban con enanas, entre reyes hemofílicos y bufones priápicos; y gracias a esa proximidad su obra nos ofrece una amalgama de oro y semén, cielos podridos de azules, dolor, poder y gloria que duelen. Quevedo supuraba mala baba y rencor, todo un hijo de puta, sí, pero el bisturí tenía doble filo, y cuando lo aplicaba a su propio corazón estremecía al universo. Picasso tuvo rasgos sádicos, un perfil de psicópata que probaron las asiduas a su catre, pero encontró tiempo, claridad, lucidez, vocación, para consagrar el 90% del impulso homicida a la pintura, engendrando una revolución aún no superada. Truman Capote, consumido por el éxito, resucitado por una asombrosa actuación a cargo de Philip Seymour Hoffman, obsesionado con la escritura y el proceso creativo, pertenece a la misma estirpe. Capote, por lo demás, mantiene algunos rasgos distintivos, que podrían dar en calificarlo como maldito, cualidad no aplicable a todo gran creador, sino más bien a una selecta y arrebata minoría. Un momento, ¿maldito Capote? ¿Maldito el escritor más famoso de su tiempo, al que los luminosos de Times Square rendían tributo diario anunciando los días que faltaban para la publicación de A sangre fría? Creo que sí. En primer lugar, murió a los 59 años, una edad relativamente temprana para los parámetros actuales de la medicina. Su heterodoxia sexual, jamás negada, antes al contrario, ahonda en la condición marginal, peligrosa, del hombre. Fue, además, un desclasado, basura blanca de Nueva Orleans integrada en la alta sociedad de Nueva York, sin que ésta advirtiera su condición disolvente, corrosiva, luego mostrada al publicar la inacabada Plegarias atendidas. Aquel libro lo condenó al ostracismo: mostrar la cara menos amable de sus famosas amistades, las bragas de las estrellas, un catálogo de obscena ferocidad, supuso la expulsión inmediata del paraíso, destino a una muerte hiperbólica y solitaria. Su muerte en L.A., tan lejos de su amada ciudad, sin amigos, rebosando alcohol y coca, subraya otro aspecto propio del maldito, o sea, su hambre de destrucción personal. El maldito se autodestruye, pero “la autodestrucción es un suicidio con cámara lenta, y esto permite al maldito hacer su obra, casi siempre apresurada” (Umbral). Capote, que duca cabe, se destruyó mucho antes de licuarse el hígado y la napia. Su autodestrucción comienza con la amistad y la atracción, la traición y la pérdida que suponen el nucleo radical de A sangre fría. La película galopa en colores neutros y no renuncia a las resonancias fúnebres del proceso, en un ejercicio de coherencia que la realza hasta extremos dolorosos. Los espectadores abandonamos la sala identificados con un hombre capaz de volar como un águila y arrastrarse como un gusano, siempre obsesionado con la desahuciada violencia del arte verdadero, el único que importa, el mismo que me hace caminar bajo un Broadway transfigurado, poseído por fuerzas daimónicas, entre palomas húmedas y rostros devorados por una fiebre antigua, lujuriosa y mortal, fiebre de plenitud, calor, amistad, conocimiento, respeto o comprensión, fiebre de vida en un baile de muertos.
Spleen de Nueva York

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