01 febrero, 2010

Sábanas blancas

Faltan horas. Tiempo para centrifugar el poso de vino de los recuerdos. Minutos para bucear por la música nueva de mi biblioteca. Para nadar por los blogs elegidos, para masticar los libros pendientes, palpar sus tapas. Intuir su contendido como un bote aún por navegar y rendir en el agua. Apilo deseos. Deseos de ver películas. Ganas de estar con amigos. Como un saco de plancha pendiente. Durante largo rato paseo por las fotografías de Campos de Tierra, blog poético y visual. Me detengo en la blancura arrugada de una cama deshecha o en un pasillo enmoquetado de hotel desde donde puedes oír los pasos de los huéspedes. Esos pasillos de hotel me llevan a ese momento en el que el torero apaga las velas, despide las estampas y abre la puerta: emprende el camino guerrero hacia la plaza. Siempre me percate de ese ruido seco y doloroso que hace el vestido de torear en el pasillo del hotel. La estela del oro por la meseta enmoquetada del pasillo. El charol asombroso de las zapatillas. También esa fotografía de la cama blanca deshecha es igual que esas camas que esperan como amantes inquietos el regreso del matador. Tras el sueño de la siesta y el miedo, la cama queda abierta como una piel sin cerrar. En el libro Peajes sobre Manzanares aparece una cama blanca hecha de sábanas arrugadas que va cicatrizando regresado ya el torero.

Esas mismas camas blancas que abrigaron a Curro en el hotel Alfonso XIII de Sevilla. Sigue Curro, faraón, lanzando olas de leyenda por los periódicos y nosotros agradecidos de haber coincidido con él en esta barra del tiempo. Yo pienso en Curro. En su medio pecho hinchado y en su muleta mínima, roja de gracia. Todo alma era Curro y cantar de Camarón. Cómo podía bailar tanto arte en capote tan pequeño. Todo encajaba en ese olvido de la técnica, por eso cabía el pico y el fuera de cacho y todo, porque Curro toreaba con un ángel aparecido y sentimental. Dice Romero que se fue por que el Reglamento era una cárcel y un brote de espinas, por que él quería un reino de capote y verso libre, velero rosa en el albero. Nada de clarines vestidos de uniforme. Libertad. Eso mismo que tras el día 21 proponía esa mirada azul y pasional sobre los toros. Si en el mito hay alucinación y droga yo no veo mito en Curro. Veo leyenda. Leyenda por ídolo vivo. Con Curro no hay discusión porque como escribió Gil de Biedma sobre el amor: esto es amor, quien lo probó lo sabe.

27 enero, 2010

Volver

Para Paloma que visita este diván.
Es enero. Este año no nevó sobre la frente de las celebraciones. Ni llegó el frío al rostro de cumbre de diciembre. Exilamos la navidad queriendo. Convertimos nieve por mar agitado. Blanco por sal, presente por pasado. Pisamos islas conocidas. Volé. A veces los aeropuertos son territorio de pasión por caer al otro lado de la pereza. Costa calma es un lugar en el que calmarse en mitad del frio, y Gineginimar un trabalenguas divertido contigo. Tus besos en el invierno llevan plata y la blusa de lentejuelas de mi madre, un espejo. La noche trajo un Martini seco que me llevó esa playa de risa del alcohol y a echarte de menos. Revelada tu fotografía con la magia del pixel he recuperado la concreta geografía de tu rostro. Ese gesto tuyo esperando el mundo. Es un trozo de vida en el país canalla de un callejón también junto al mar. Acodado en la barrera. El albero limpio y quieto para ser tiempo detenido con la fotografía. En aquella costa me regalaste un manojo de lances locos de arte de Rafael Soto Moreno, gitano y Rafael de Paula, aquellas manos que agitaron una tarde de julio el mar cantábrico. Paula lanceanado con el alma porque al final no tenía rodillas para sostener el cuerpo. Paula torero sin huesos.
Hoy esta ciudad es una habitación helada en mitad de una tormenta de viento. Camarón es capaz de deshilar el frio y beberse la noche y correr a través de sus túneles como una bala de alegría. Ahora también Camarón es fotografía y tiempo junto a nuestras piernas que como columnas perpetúan su indulto y su alegría. En el invierno sin toros, Camarón me sigue por librerías que admiten perros lectores, cierra bares, trasnocha, galopa esta ciudad mesetaria buscando sus canciones.
La vela de la temporada ya casi se enciende. La vela es un deseo que ilumina esta ilusión torera. Como un pulmón respiramos certezas, carteles, historia del otro lado del océano, libros que llegan. Por ilusiones. Como una metadona insuficiente, llegan combinaciones, domingos de resurrección y el verano de la beneficencia. Yo pienso en Morante tras ver en el invierno esa faena de sangre del Puerto de Santa Maria. Aquella faena de mármol y hierro de la feria de abril. El 21 es una contraseña para la poesía. Su muletita planchada y esa manera tan flamenca y pasional de llevarse el toro a la cadera. También el aficionado elige cuando reaparecer. Pienso en elegir cuando comenzar y me aparece el Guadalquivir, esa caótica Puerta del Príncipe y el olor que llega del jardín de la estatua de Curro Romero.

18 diciembre, 2009

Madrugadas

Tras la gimnasia de la noche la mañana está helada al sur de la meseta. Llegas al hielo del amanecer a través de los faros verdes de los semáforos, búhos luminosos de la noche urbana, ojos de luz suspendidos en el frío. Por el sendero de las aceras caminan náufragos con abrigos y mujeres con medias a la intemperie. Cruje la madrugada el ruido de una moto y en la plaza de España los taxis son una soledad blanca. Pesa el humo en mis ojeras. Regreso pensando en la tarde en que Roberto Domínguez verde esperanza torería y cabos negros inventó la izquierda rotunda y larga con un toro de Victorino. En la memoria un desplante tras un pase de pecho en el que el toro recorrió medio Madrid de junio y el torero salió airoso con esa gracia venosa heredada de la edad de plata. Cenar en el comedor Roberto Domínguez es cenar en una mesa con mantel de luces y tauromaquia. En una vitrina reina aquel vestido verde esperanza y oro, alamares blancos. Golpes de rubí. Seda de gloria y memoria. La sala es lsd para los pasionados y uno no puede detenerse en las conversaciones porque viaja de fotografía en fotografía, de detalle en detalle, viajando fuera de este tiempo de convención de Belmonte a Fernando Domínguez. Hay una marsellesa de Fernando con cuellos de visón y nostalgia, un cúmulo de azares toreros, primeros planos de una forma de mirar el ruedo que casi no existe. La torería del gesto, el empaque de la postura de los Domínguez, su andar torero por la historia del siglo XX, entreverado por una dehesa mesetaria del genio Cuadrado Lomas, lances de Fernando Dominguez en mitad de la noche del año 2010, llega la gravedad y la fuerza de este torero que toreaba con el capote hundiéndose y resucitando la postura para el siguiente lance. Da igual la poca nitidez del blanco y negro, ni la ausencia del pixel torero de este tiempo. Estas fotografías solo son una voz que clama como un disco rayado, una escritura, la torería clásica, el testamento torero según los apóstoles de la edad de plata. Venid a nosotros. Por eso los aficionados deberíamos ser ahora soldados portadores de esta memoria, de esta ética que Esplá -mito joven- lleva a los pies del imperio racionalista francés, con la cara rajada por la navaja de la verdad, la vida entregada honestamente a la mirada negra y gloriosa de la vocación torera. Ahora que nos quieren matar tan despacio, que los políticos se mean en la memoria de la edad de plata y en la cultura por hacer astilla, ahora que quieren que los toreros seamos despojo: deberíamos batirnos, con ese vizcaína de filo de seso y memoria. Los aficionados toreros somos racionalistas, creemos en la razón y en el sentido. También en esa mirada inteligente y tan certera de Antonio Lorca en El Pais. Creemos en este patrimonio cultural heredado, en este solar de arte y piel de nácar sin arrugas por el que no pasa el tiempo. Porque el ruedo es cultura sin siglo, una pasión y un arte humanista. Porque como dice Esplá existe la ética del toreo y no hay animal más querido que el toro, ni enfoque más sincero en la ofrenda de la vida por el arte. Es por eso por lo que sufrimos ahora este ataque frontal, porque el torero en este mundo posmoderno es un proscrito que vive en un país de albero y fantasía incomprendido. De entrega de la vida por un sueño. Porque la muleta es un paño frágil y el toro un animal respetado. Y quien entrega hoy la vida por un sueño (?). Deberíamos peregrinar con la palabra como aquellos maletillas recorrían los caminos del campo bravo. Deberiamos mirar hacia dentro saber que la fiesta de los toros enferma por virus propios, toreros sin voz, afeitadores y taurinos descolocados. No existe la moderniddasd del tendido hacía abajo.
Deberíamos alzar la voz los muchos aficionados a este arte tan decadente que nos ayuda a vivir, a buscar el territorio paradisiaco de la emoción. También a olvidar este mundo donde el hombre es profundamente animal y lobo y cruel; a salir del espacio y del tiempo para ver a un hombre honesto que quiere hacer arte y caricia con paños de colores, la brutalidad vencida, templada y acariciada: el triunfo de la razón. No es el ruedo un circo sangriento y despojos, ni un disparo de violencia y sangre. Es posesía no escrita que cruza los siglos hecha ruedo y arena.

09 diciembre, 2009

Golpe de mar

Me gustaría ser Gallito. Ningún toro se resistía al rojo de su muleta, ni veragua, ni pabloromero, ni vistahermosa. No soy Joselito El Gallo. Me llegan los golpes de mar y no teniendo la muleta de Gallito, tiro de memoria y me acuerdo de mi abuela y su mandil de algondón blanco y su cuchillo. Aquel coraje de madrugada y peces y olor a mar. También de mi abuelo que abría las costuras de la vida con sus tijeras de sastre y su mirada roja, su rosa en la pupila y en la lágrima. Dice un amigo rubio Bienvenida (Angel Luis) que los hijos de tenderos tenemos principios. Los principios son aquellos, por eso tenemos peces en las venas y una biblioteca de cómo resistir. Uno tira de oficio en los golpes de mar y zozobras de agua; recuerdo a Joselito -no El Gallo, el que leyó Memorias de Adriano (libro felipista)-, quién dijo a Chopera (Flamarique), que en su hambre mandaba él mismo. Pienso en mi padre y se me queda esa mirada de John Locke sentado como un indio en la playa de esa Isla mirando al mar. Busco como volver a mis islas, a este blog. A los amigos que elijo, a los paraisos de la tierra. A la sinfornía de temple y naturalidad de José Mari Manzanares en este video que veo, en un tentadero Manzanares acariciando a una vaca y al campo de una mañana de diciembre y a México entero. También en este diciembre infiel al invierno, contemplo arrodillado como en un templo, una media verónica de Antonio Marquez, belmontina en las muñecas, en los brazos. Torero elegante y finísimo atacado por un gran frío en la escena. Se retiró y fue representante de Concha Piquer, aunque acabó en el templo más grande y gracioso: apoderando a Curro Romero. La plaza México también nos espera y ese olé tan eufónico y picante, será en cuanto Morante acabe por darnos los números. Tú sabes. Me voy con esa música de Alejandro en nuestro amor será leyenda, con esa fuerza flamenca de la leyenda del tiempo de Camarón y abro la pupila negra de la noche también con Camarón, esta vez mi perro, casi mi amigo y el dueño de mis cicatrices; galopa Camarón la noche palmeando el asfalto y revuelve las hojas de este otoño nada enajenado, y como dice esta misma canción: nos tenemos en el fuego.

22 noviembre, 2009

Sábado

Abrir de par en par las puertas del salón y desnudar los ventanales, trampatojo de otoño. Sueño y sábanas limpias. Café y espuma de leche. Dejar que Bach habite y orqueste esta casa. Arder de velas. Tiramisú de limón. Abro los libros y encendemos los fogones. Tu coche rojo que quiere ser un Cadilac de dos puertas. Video de José Mari Manzanares 502 veces. La búsqueda de una fotografía en mitad de la tarde en Decoramaquia. Perderme en el mercado, estudiar los puestos. El Continental: café, Camarón y sol de Otoño por un Euro con veinte. Camarón en Oletum, ayudándome a elegir el próximo libro. La calle completamente sábado. Besarme con el mediodía. El atardecer y la isla de cloro de ida y vuelta. Habitación de madera y calor. La noche. El cine en casa, arder de velas también.

16 noviembre, 2009

Nocturno

En la madrugada recién hecha se llega al muelle de otro mundo. Los charcos del alba son agua recién nacida y no tienen que ver con los charcos enturbiados del día. La calle es un solar tranquilo de edificios dormidos y aplacados. No existen los disparos del día. Reina la ropa blanca tendida como bandera ondeante de la noche y ver amanecer así, desde una buhardilla más cerca del cielo que de la tierra, el alcohol y la noche sentados en nuestras rodillas, fue un trago largo de vida. Es la noche una resistencia de Vichy, aquella buhardilla un galeón de madera donde buscar los lugares donde tiembla la tierra después de los abrazos, una esquina donde no llega el cuervo de las horas laborales, y sí el brillo de la cocacola de tus ojos; una esquina de humo y habanos, de ginebra que sirve para mirarnos sin los inhibidores de la luz y es también ese agujero negro embriagador: un lugar deshabitado de ti donde echarte mucho de menos.

11 noviembre, 2009

Naturales que surcan el frío

Vuelvo a este diván donde vives como un país de siempre jamás voy a perderte. Al amanecer bajando por esta cuesta de niños que delinquen, de mujeres amoratadas que trabajan un jardín, Camarón que ladra y vive, veo un cielo brillante de aluminio, nubes que solo estarán hoy. Me acomodo en la barra de un bar en el aperitivo de una conversación torera con un buen banderillero, en la que se carga la suerte con servilletas de papel. Hablamos de la nostalgia de la torería que no queda, sol de Luis Carlos Aranda por ejemplo, capote de Corbelle, la mirada íntima entre matador y peón que como amantes deben entenderse sin palabras, sin gritos desairados. Ahora que se llama a los toros a voces como un dialogo obsceno y desclasado: nada que ver con Pepe Luis que hablaba a los toros muy bajito y creaba un idioma al norte y al sur de la frontera roja de la muleta. Hemos quedado para más adelante, en el frio de ese duelo de caballeros andantes que es la tienta y en el yoga del toreo de salón.
Pensamos que también el aficionado necesita un invierno de frio para aposentar la memoria de las ferias. Sé que en la nieve del invierno serán huella de capote los lances de Morante de la Puebla y se habrá convertido en hierro forjado y seda la faena de Juli de Sevilla, y la Maestranza será una estación de primavera y el recuerdo de que fui contigo, una tarde donde no cabía nadie más. Aviones que buscaron el cielo de Barcelona y barcos que atracaron en la Monumental desde La Habana. Solo el toreo grande queda como una quemazón en la memoria y cruza el invierno y su rigor.
También en este tranquilo otoño, se aposenta en la memoria la alegría de los amigos que se casaron. Aquel paseíllo en lo alto de Asturias de un hombre feliz que saludó toreramente –así como Juncal- al respetable del templo. La noche y la nube de habanos –y un habano para Jaimearenillas sobre las dos de la madrugada-. La playa del mediodía contigo y con una mujer que leía novelas francesas. El regalo en la habitación del matador, recibiendo como Tony Soprano. También aquella boda en plena meseta emocinada, un Jaguar verde después de la fiesta, mujeres borrachas y un tipo que dice que me quiere. Tras el otoño, todo va bajando con ese ritmo de hoja apagada que planea hasta llegar a la meseta de la memoria y de la nieve del invierno: el toreo bueno, los amigos y los besos, la memoria de tus fotografías, los libros que recordamos, las playas nuevas: exilio del verano, la música que nos salva cuando llega el frío y la niebla reaparece para apagar la luz furtiva de los veranos, aquel calor del albero y los naturales.

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