31 julio, 2007

Extravagario

I.
Detrás de la primera cortina de humo de albero vi a José Tomás. Homenaje a la fiesta de los toros con siete toretes desmochados, heridas las astas. Mal homenaje entonces. No mata menos el toro lavado, pero mata la verdad. Es trampa. Una cansina trampa. Tomás es el mismo pero en otro lugar. Su lugar, los alberos de categoría, la arena de hierro espolvoreado de Bilbao, el albero de azahar de Sevilla. Madrid. El toro. Viaja Tomás por una carretera de segunda que ensombrece su figura, pero es el mismo. Una telaraña de misterio inunda la mirada perdida del torero, el mentón en el burladero, el cuerpo esculpido, prisma puro, el andar otra cosa, el valor para que el torete acaricie la seda, empapada la bragueta de sangre caliente, la elegancia de coger los trastos como piezas de sacristía. La pureza en el cite, la obra esbozada en un pañuelo blanco. La ligazón. Y el temple, la gaonera lenta, como el hilo que corre por el ojo de la aguja y el toque suave y el capote que envuelve y un vendaval de naturales lentos. Un sueño de cerca. El mejor veraneo.

II.
Escribo a doce mil pies de altura, sobre la falda roja de Scarlett Johanson, sobre la hoja de papel de fumar de un suplemento dominical. El iPod en aleatorio se crece entre nubes y yo me conjuro con el sol para driblar el miedo a estar tan alto. Un tipo feo duerme a mi lado y una niña con muelles no para de ver piscinas por la mirilla del avión. La luz deja rastros de oscuridad en las alas y el cielo está abierto en una alameda de azules. La sombra del mundo se perfila aquí arriba y todo es una cuestión menor.

III.
Una isla enjuaga mi mente, hago gárgaras con tanto viento en mi boca. El mar de la tranquilidad no está en este mar azul casi purísima. Está en un recodo de las montañas de fuego. Un mar de volcanes con pendiente de curva de mujer. Recojo el tiempo en un atardecer en El Golfo, una brisa del infierno calienta y recorre mi piel. Una nube del color del fuego juega con el sol, casi toca lo alto de un volcán. El cielo como un espejo de la tierra.
IV.
Sábado 28 de julio. No abro los ojos mientras el sol calienta la memoria, los recuerdos son un disparo en lo oscuro. No abro los ojos y te veo enfrente de esta piscina de cloro, como si hubieras venido conmigo, sentado al amparo de la terraza más cercana. La prensa del día, el libro junto al café, imaginando. Estratega del plan del día. No importa que me esconda en una isla negra que quema. Detrás de cada esquina negra, de cada rotonda hecha jardín, tras la sombra larga de cada volcán está tu abrazo, estrechándome fuerte, esperándome fiel.
V.
No hay hamacas con líneas azules. Hay calas rodeadas por cascotes de carbón que flotan, volcanes que guardan la isla. Veleros fondeados, hombres que vuelan en el mar, un camino en mitad del desierto que conduce a una cala de arena blanca y negra, una escalera encalada que da a una terraza con aloes. Calles con casas como cubos blancos, pueblos de geometría cubista, ventanas azules, tenderetes con ropa de lino, hombres negros con sombrero de paja, postales que giran esperando palabras. Tenderetes con flotadores hinchados, gafas de sol, indios que besan tu culo, redes desenrolladas como alfombras en el muelle. Un hombre en el mar destripa pescados. Gatos dormidos y perros soplados por el viento. Paredes blancas, encaladas, un blanco de carmín reluciente en el Mirador, y barcas varadas en la arena con nombre de mujer. Un jardín solo de cactus en un ruedo de piedra. Una cocacola que me salva. Bares sin nadie. Lugares con alemanes. Gritos desde los balcones, el sol que todo lo inunda y el viento que sopla y recorre las calles a toda prisa. No hay silencio a la hora de la siesta, comidas con la barriga al aire, pieles secas y platos de mil pisos. Puertas que se cierran, palmeras contorsionistas. Mares de lava. Aviones que despegan.

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