12 enero, 2006

AromasDeChenel

Faena de Atrevido, el toro blanco de Osborne. Madrid. 1966.
"La torería vuelve con Antoñete a iluminar la lidia y pone término a la larga noche de los pegapases".
Joaquín Vidal. El Pais. San Isidro. Junio de 1981. Crónica que conservo.

Antonio Chenel Albadalelo. Antoñete. Natural de Madrid. Cerca y lejos de los 70. Figura del toreo. Antonio y su patio de Las Ventas, su casa, su hogar, su escenario de tarimas en vetas de albero. La niñez alrededor de un círculo perfecto, creciendo San Isidro a San Isidro, tocando los alamares a ídolos como Manolete. Chenel se crió con su cuñado Francisco Parejo, mayoral de la plaza de toros de Las Ventas. Parejo fue su padre y su hombre de confianza hasta su muerte. Tiempos de capotes de seda y cartillas de racionamiento, de gasógeno y boniatos podridos, de sombreros, trajes y corbata en los tendidos. Tendidos grises y marinos, ruedos inundados de color, de misterio, de la Belle Epoque del toreo.
Antoñete tiene una baraja de póker por corazón y una escalera de corazones en cada muñeca. Antonio cantaba fandangos de toreo clásico. Era la majestad, la elegancia, la hondura y la distancia. El toreo eterno. Antonio daba treinta metros a los toros. Se colocaba de frente y la muleta lo más adelantada posible, rozando las campanillas del arte y los ángeles flamencos de la emoción. Los segundos muletazos a menudo con la muleta retrasada, se convertían en enteros. Temple, temple y más temple. Y su gran obra: la media verónica de raíz Belmontina. Su media verónica era Triana pasada por el tamiz castizo y cheli del Foro. Y ese ir y venir de la cara del toro con la muleta arrastras y el pecho enfisematoso por delante. Los huesos rotos, partidos por toros y mujeres de una pieza.
Vestía con colores claros, lilas, verdes, rosas palo. Esperaba a los toros a veces fuera del burladero con el gesto del misterio enmarcado en los límites de la montera. Atracó la banca, lo perdió todo, lo volvió a ganar, vistió de luces los tapetes de mil Chicotes y volvió a perder. Pero tenía la moneda para cambiar toreo del bueno por billetes de gloria. Lo de este torero era sacramental. Pocos han reparado en el valor y en su quietud, si quizá en su sentido de la distancia y de los terrenos. Llenaba el ruedo, lo iluminaba con el mechón blanco: rayo de distinción. Atrevido, el toro de Osborne: amigo ensabanado, que le sacó de la purí del precipicio negro del torero que se queda a mitad de camino. Era mi ídolo de niño y lo sigue siendo. Mi padre me regaló un manojo de tardes de runrún único y distinto en Las Ventas. Tardes en las que al culminar la bajada de la calle Alcalá, se aparecía la monumental: serena, grande, reluciente, reina de todos los cosos. Se veía un desfilar de gentes abarrotando las aceras, las bocas del metro. Tardes donde alrededor del busto de Fleming todo sonaba distinto, un aura especial que corona las grandes tardes. Recuerdos: el toro escarba y recula. Otra tanda de naturales con el medio pecho por delante y la muleta mecida y limpia. Cambia de mano y abre el compás de los derechazos, y luego el regusto de los recortes, de las trincheras a dos manos, del desmayo del remate dejando la muleta muerta debajo del belfo y saliendo airoso sin mirar al toro, seguro que había quedado allí, fijo y dominado. Estábamos soñando el toreo sentido y desgranado con pasmosa naturalidad. Y el REDONDO dibujado con sutil trazo y embebiendo con empaque las embestidas, cuyo sabor torero llegaba a embriagar. Y los doblones,


En el patio de cuadrillas Chenel se colocaba siempre en el mismo rincón, liaba cigarrillos de miedo y responsabilidad. Le conocí en un hotel de Zamora un mediodía. El estaba solo, en mitad de un salón. Frente a una televisión que retransmitía la final del torneo de tenis de Roma. Una espuerta de cigarrillos acribillados y un paquete de rubio en números rojos. Era otro hombre, no era el hombre que se transformaba en el ruedo en César del toreo. Su mirada siempre fue nostálgica, triste; como recién salida de una timba en quiebra. Era más bien un hombre débil, delgado y viejo. Conocimos bien a su mozo de espadas: Federico Canalejas, a quién el cáncer le arrancó media cara. Fede, era guasón, cuando alguien iba con una copla de letanías a preguntarle de toros y el andóbal no le convencía -cosa común-, decía muy serio: “es que mire usté, yo de toros no se , he venido hoy y otro día que me llevaron en Madrid”.
A veces por la noche me paso películas de faenas grandes, como la del toro de Garzón: Cantinero. Le doy al pause y atrás y adelante, hasta que Chenel descumple 20 años por naturales en mitad del ruedo del salón.


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