11 noviembre, 2006

Descabello

Mirando por el ventanal, parece que este es un verano dormido a fuego lento que transita hasta la primavera. Miro el televisor, Zapatitos en el senado con traje azul pavo, probablemente a medida. Le sienta hueco, desencuadernado. No hay sonido y sus gestos como su traje son huecos y blandos. Espero un reportaje a la luz de la chimenea: Arnás vs El Juli. Tras de Juli, hay una trastienda llamada Domínguez. Roberto ha dado un giro serio y respetable a la carrera del niño prodigio. Desapareció el padre, que en los mediodías de toros y moscas, asaltaba sin piedad la banca de empresarios humildes o no, con aire de sheriff, puro humeante y ojo a la virulé. Juli vive en un estado de decadencia en equilibrio, es una decadencia anunciada pero no resuelta, a veces una decadencia brillante y valerosa. Es irreprochable su sentido de la profesión y su entrega, pero los vuelos de la lopecina tocaron el cenit demasiado pronto. No hay más pólvora que la gastada. Siempre me pareció un torero al que le faltan demasiadas cosas y que de su propio apodo no podía llegar la leyenda. Leyenda que no mito, fue Fernando Domínguez, que hecho bronce vive apoyado en el estribo de la plaza de toros del Paseo de Zorrilla. Leyenda será su sobrino Roberto. Distinto y torero siempre. Torero en la calle también. Capaz. Su muleta era brillante y tenía la misma chispa que su oratoria. Todo era perfume torero en Roberto Domínguez, los gestos en el burladero, su andar, sus doblones toreros con la rodilla genuflexa eran naturales de elegancia suma. Aquel mando en plaza añejo a lo Domingo Ortega. Aquella danza solitaria con la muleta en la izquierda, acariciando templadamente la mirada del toro y el descabello en la derecha. Resultaba emocionante, consiguió elevar un recurso funcional, un trámite administrativo casi, a una suerte artística, de ágil torería. Una descarga eléctrica de olés, directa a la emoción.

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