28 abril, 2011

Atarderes próximos

La piscina está limpia. Cruzo el agua como una avenida azul. Volteo mis pasos, me abro camino al nadar. Busco la asfixia del buceo y el aire sobrevenido de la superficie es un reencuentro de oxígeno y vida. En el agua todo flota. En los libros de mi mente Aki muere y Shakutarô sigue nadando y en el amor las islas se mueven hasta la playa. En la memoria de estos días se cruzan kilómetros de carreteras secundarias, kilómetros corridos a cinco minutos el kilómetro, vides y valles montados en un mini azul, esqueletos de vino; un paseo con Nora que ya ha descubierto lo fundamental: la dicotomía del si y el no, la renuncia, pasamos más de un kilómetro envueltos en un diálogo bipolar: “que si que si”, ella responde, “que no, que no, que no”. Así en espiral. Luego bajamos hasta un riachuelo de peces como galletas de pez y en la ladera de un jardín Nora aprende que los meses de abril huelen a tomillo, lo pronuncia mientras el olor ya se tatúa a su mente por siempre. Como una niña torera aprende a dar abrazos con palmada. Es jueves y ya puedo decir que el sol sale por el este de este cielo mientras desayuno y que el sábado veré ponerse el sol por Triana y apoyarse en el oro de Morante de La Puebla, metal y luz de Sevilla.


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