09 abril, 2007

Madrid


Parece que la mirada del niño engrandece lo que toca y hace monumental un castillo de arena. Cada vez que vuelvo a Las Ventas me parece que se achica, que es menos monumental que la plaza que tengo en la memoria. No entendí las declaraciones de Talavante en entrevistas y telediarios, afirmando que el domingo de resurrección era un buen día para morir. Si creo en la leyenda de Ordóñez que decía que un torero debe salir a dejar la vida si quiere ser figura del toreo media docena de tardes al año. Sobra utilizar la vida propia como eslogan de una tarde, siquiera como una actitud, porque la actitud, el desafío y la mentalización es un perfume que llega al tendido. He pasado muchas horas sentado en un tendido, intentando definir el toreo, pero son momentos como el de ayer los que hablan por ti, sientes lo que ves. Sentir el toreo no se si ayuda a teorizarlo, ni siquiera a explicarlo pero desnudas y palpas lo intangible.
Tiene un don Talavante para sacramentar los tiempos, para que la gente mande callar en Madrid con el “sssssssssssss” y los ojos de veinticinco mil espectadores sean un gran foco que ilumina la escena. Tiene Talavante una sombra tomista que le acompaña, una sombra de ciprés alargada, un mimetismo no se si natural. Ese mimetismo, esa sombra se proyectó en el toro de la confirmación, una faena valerosa, aunque pensada desde el hotel. Y el sexto: un manso toro que apagó la sombra tomista, la impostura y destapó el Talavante que torea sin la luz de los espejos que admira: tres series llenas de emoción, quietud, pureza, temple y manos bajas, que hicieron que Madrid rugiera.
Hubo también tres, cuatro naturales de Manzanares, un torero lleno de técnica, hondura y clase, sin entrega. Manzanares liquida letras de cambio que giraron a su padre y marca las cartas: el pico, las afueras, siempre al hilo del pitón, del compromiso y del riesgo. Y hubo tambien un torero que Madrid maltrata sin compasión ni respeto. Un Madrid a veces perdido que protesta hasta los toros pregonados, como si eso fuera una cojera, una invalidez. En fin.
PD.- Me gustó tu historia, la de la huella del número 38 que descubrió tu padre en el cristal de la ventanilla.

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